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Nuestro amor desencadena, en un torrente
de deseos furtivos que se divisa a medias.
En un aquel incandescente, con mucho brillo,
que nos quema por dentro con un miedito,
por si la gente abriera el portón del sentir
del infinito, sin mentira , sin vergüenza.
Por lo bello, por rojo y rico cual savia fresca
de esa que se chupa, como al jugo de las frutas.
Que al mezclar con el caldo salado-caliente
entre tus piernas, espasmódicamente hace,
que deguste y sienta, el divino néctar de la diosa
y el estruendo potente de tormenta.
Si… he probado el divino tinto que manchó
gota a gota la puntita de tus pechos de perla
al darle un tono a choco-miel de pureza de selva.
La yema de mis dedos en caminata por veredas
de táctil disfrute, escudriña tus urdimbres bejucales
por criollísimas laderas, en tiempitos de gozos otoñales.
Que al ritmo de tu caderamen sabroso
ondulante y suave, chiquitamente muera.
Y a viva voz declare, que buena, que bella
la damita atrapada en su viaje presuroso
de ave libre que eternamente vuela,
a su deseo fantasioso de felina…
Y con su gemir salvaje y suave, diga…
persevera…persevera…
Y hoy estoy como alpinista pensante
a escalar, ansioso, sudoroso…a tu espera…
Acercándome suavemente con un dulce cordial
a mezclarlo con lo salado en ti, a tu manera…
Que despierte en mi, al eterno caminante
escalador de viejas verjas
y al poeta de versos ondulantes.
Y al admirar tus paisajes de montaña
al arriesgarme a escalar con artimañas
tus paredes de iglesias,
pueda darte con hábil peripecia mi savia-ofrenda,
y en la locura de intrépidos espasmos…
venturosamente bajo tus encantos…desfallezca…
Eduardo Gonzalez