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Imagen  de Jaime González Pastor


HISTORIA DE ESPARTA

Los espartanos eran un pueblo nacido por y para la guerra, practicaban la eugenesia y nada más al nacer, el niño espartano era examinado por una comisión de ancianos en el Pórtico, para determinar si era hermoso y bien formado; de no ser así se le consideraba una boca inútil y una carga para la ciudad. En consecuencia, se le conducía al Apótetas, lugar de abandono, al pie del monte Taigeto, donde se le arrojaba a un barranco, los que pasaban la prueba se les asignaban uno de los 9.000 lotes de tierra disponibles para los ciudadanos y lo confiaban a su familia para que lo criara, siempre con miras a endurecerlo y prepararlo para su futura vida de soldado. En pocas palabras efectuaban una selección natural lo que produjo que el soldado espartano fuese una máquina de matar casi perfecta.
El ejército griego estaba conformado por 300 hoplitas espartanos (a los que hay que sumar otros 600 ilotas, pues cada espartano llevaba dos siervos a su servicio), 500 de Tegea, otros 500 de Mantinea, 120 de Orcómeno y 1.000 hoplitas del resto de Arcadia: 400 de Corinto, 200 de Fliunte, 80 de Micenas, 700 tespios y 400 tebanos, además de 1.000 focenses y todos los locrosy usaban la formación de la falange.
Una sección del ejército persa muy temida eran los arqueros y cuando se le dijo a Leónidas que sus flechas cubrirían el sol y transformaron el día en noche este respondió: Mejor, lucharemos en la sombra. Cuando comenzo la batalla, fila tras fila los persas se estrellaron contra las lanzas y escudos espartanos sin que éstos cedieran un centímetro. De esta forma, a pesar de la grave desventaja numérica, Leónidas y sus hombres se opusieron a las oleadas de soldados enemigos con un número mínimo de bajas, mientras que las pérdidas de Jerjes —aunque minúsculas en proporción a sus fuerzas— supusieron un duro golpe para la moral de sus tropas.
La lucha se había prolongado varios días y Jerjes decidió mandar a sus 10 mil inmortales pensando que estos pondrían punto final a la batalla, cuentan que los inmortales lucharon como nunca lo habían hecho; pero poco pudieron hacer en contra de los escudos y lanzas de la falange y fueron derrotados. Con esto la moral del ejército persa estaba por los suelos y justo cuando estaban apunto de dar media vuelta y largarse apareció de entre los griegos un traidor: Efialtes, el cual ya cambio de una recompensa les indico a los persas un camino entre las montañas por el cual podrían llegar por la retaguardia a los hombres de Leónidas.
Cuando Leónidas se da cuenta de que serán atacados por dos frentes a la vez, sabe que todo esta perdido y ordena la retirada de sus hombres a Atenas y que iniciaran la evacuación de la ciudad. Solo quedaron con él los 300 soldados de su guardia y mil griegos leales (los tespieos y los de Tebas) y tal fue tal el ímpetu con el que los espartanos lucharon que Jerjes decidió abatirlos de lejos con sus arqueros para no seguir perdiendo hombres. Leónidas fue alcanzado por una flecha y los últimos espartanos murieron intentando recuperar su cuerpo para que no cayera en manos enemigas, los persas habían obtenido la victoria; pero los griegos la gloria.
Ya sin resistencia los persas llegan a Atenas y la devastan, pero los días que fueron retenidos por los griegos en las Termópilas les permitio a estos evacuar la ciudad junto con una flota de barcos de guerra y refugiarse en Samalia. Jerjes decidido a no darle respiro a los griegos se encamina a Samalia con sus barcos, pero se lleva una desagradable sorpresa; los pesados y poco maniobrables barcos persas no fueron rivales para los mas maniobrables y ligeros barcos griegos y Jerjes tuvo que retirarse no sin dejar a 80.000 hombres al mando de un coronel para que terminara la campaña, pero unos meses mas tarde 8.000 espartanos y 30.000 aliados griegos derrotan a los persas en Platea y ese mismo día la flota persa es practicamente destruida en Micala.
La victoria de Grecia es contundente y Jerjes pierde el interés en su conquista, mucho tiempo mas adelante un griego, Alejandro Magno se lanza a la conquista de Persia en el año 333 a. C . La victoria de Alejandro fue completa y el rey persa Darío huyó hacia el este con todas sus fuerzas, dejando en manos de Alejandro el tesoro real, así como a su madre, Sisigambia, su esposa Estatira y sus hijos, a los que Alejandro respetó la vida. Darío ofreció grandes riquezas y títulos a Alejandro a cambio de que detuviese sus avances, pero éste los rechazó. La zona occidental del imperio persa (Fenicia, Palestina, Egipto), se le entregó sin ofrecer resistencia entre el 332 y el 331. En Egipto, fue designado hijo del dios Amón en el oasis de Siua; allí, fundó varias ciudades, entre ellas Alejandría.Persia sería absorbida por el imperio de Alejandro y al final terminaría desapareciendo.
Sin la resistencia de Leónida en las Termóplias nunca los griegos hubieran podido evacuar Atenas, nunca se habrían dado las batallas de Salamina, Platea y Micala, Grecia habría sido conquistada por Persia, la cuna de la civilización occidental habría desaparecido y nuestro mundo sería muy distinto a como lo conocemos hoy en día.
Si Grecia hubiera sido vencida, Persia hubiera ocupado toda Europa, pues Roma aún era una pequeña y anónima ciudad en Italia. Alejandro de Macedonia no hubiera sido más que un vasallo de un imperio universal y Roma jamás hubiera podido forjar su Imperio. Sin el Imperio Romano el Cristianismo no se hubiera podido extender como lo hizo, y Jesús de Nazaret no hubiera sido más que un iluminado, como tantos otros que hubo en la Palestina de entonces, del que no tendríamos noticia alguna.
Europa, tal y como es hoy, y su cultura, la más avanzada sobre la Tierra, no existirían, porque no hubieran tenido ni la oportunidad de nacer, y las ideas de libertad que surgieron en Grecia, hubieran sido ahogadas en un baño de sangre, para quien sabe si poder volver a renacer no se sabe cuando ni donde.
La hazaña fue recordada en una lápida conmemorativa escrita por el poeta Simónides, que decía así:
Oh, extranjero, informa a Esparta, si pasas por allí, que aquí hemos caídodefendiendo su ley
Esparta: El pueblo guerrero
Esparta no tenía ejército, lo era. La pequeña población de Lacedemonia fue, en efecto, el primer Estado militar de la historia: sus habitantes, peones cuyo único objetivo era la total sumisión a las leyes e intereses de la patria. Desde entonces el término espartano califica todo aquello que recuerda la regla ascética y los criterios de disciplina que imprimieron la vida de los lacedemonios.
Llegados del norte hacia el año 1.200 antes de Cristo, los dorios transformaron el mundo griego bajo su empuje. Con ellos, Europa occidental, hasta entonces una región salvaje y muda frente a los imperios orientales, se afirmó como rival. Porque los dorios, a diferencia de otros pueblos como los aqueos o los jonios, no fueron unos invasores pacíficos. Fue una casta conquistadora que se asentó primero en el valle de Laconia y años después en la llanura vecina de Mesenia, al sur del Peloponeso, infundiendo en todo el mundo mediterráneo una nueva y desconocida organización social. En la estructura social rígidamente jerarquizada de Esparta, el campesino pasivo y conservador dejaba paso preferente al soldado. En ella sólo la minoría ciudadana poseía plenos derechos civiles y políticos. La mayoría restante eran los ilotas, antiguos pobladores de Esparta que fueron esclavizados para cultivar las tierras. Sobre esa masa de desheredados se elevaban los periecos, habitantes sometidos pero libres de las zonas alejadas que no habían sido confiscadas durante la invasión y dedicados al comercio y la artesanía.
Junto a los templos de Artemisa y Atenas, los cuarteles caracterizaron la silueta de la ciudad. Pero no sólo su perfil arquitectónico, también la atmósfera de la ciudad se impregnó del carácter castrense, quizá como resultado de su propia estructura social. Inquietas por la desproporción numérica entre ciudadanos libres y desheredados, y la desigualdad social que originaba la hostilidad de los ilotas y el descontento de los periecos, las autoridades espartanas instituyeron un estado de semisitio permanente para evitar cualquier revuelta interna. Así todas las instituciones primitivas y el conjunto de leyes, atribuidas al héroe legendario Licurgo, estuvieron dirigidas a formar a todos y cada uno de los espartanos libres en soldados profesionales.
La férrea disciplina espartana comenzaba ni bien llegaba el niño al mundo: el recién nacido era adoptado por el Estado y desde los siete a los veinte años instruido por el agoge, una severa educación destinada a templar su carácter. Al poco de nacer los niños eran presentados desnudos a una comisión de ancianos de la comunidad para que los examinara. Los débiles o deformes, incluso los cortos de talla no aprobaban el examen y eran arrojados por un barranco desde el pico del monte Taigeto.
Horas después de venir al mundo, el bebé era examinado por un consejo de ancianos. Cumplidos los siete años el niño era arrancado del hogar familiar. A partir de entonces y hasta los veinte el chico entraba a formar parte de los cuarteles juveniles donde, a través de una compleja jerarquía de clases de edades y pruebas de iniciación, era formado e instruido en las artes de la guerra. Durante la mayor parte del año los alumnos dormían al raso sobre esteras porque así tendrían que hacerlo también en los campos de batalla. Además de enseñarles a leer, escribir y los rudimentos matemáticos, la formación del joven espartano iba dirigida exclusivamente a convertirle en hoplita: desarrollar su fortaleza y resistencia física, a la par que someterle a duros ejercicios de supervivencia y constantes entrenamientos para ejercitar su destreza con la lanza y espada. El espartano seguía viviendo militarmente en barracas o tiendas sin conocer las comodidades caseras hasta los treinta años. Se lavaba poco, ignoraba la existencia del jabón, debía procurarse la comida y costear sus propias armas.
Aunque a partir de los treinta el joven soldado podía regresar a su casa y tomar esposa, hasta los sesenta vivía en una especie de movilización permanente. Comía en mesas comunales y acudía esporádicamente a ver a su mujer, preferentemente por las noches.
Los espartanos eran arrancados del hogar familiar para ingresar en los cuarteles. Naturalmente esa severa disciplina entre la casta guerrera, así como su injusta estructura social, sólo podía mantenerse si Esparta sostenía un absoluto aislamiento con el mundo exterior. Favorecidos por la cadena montañosa que circundaba el valle y dificultaba los contactos con otras ciudades helenas, los órganos gubernamentales hicieron todo lo posible por cortar el paso a las ideas progresistas de justicia social para no perder sus privilegios patronales.
Curiosamente el modelo social de Esparta, pueblo para el que las virtudes masculinas como la valentía o la fuerza eran valores absolutos, no puede encajarse en el tradicional sistema patriarcal. Salvo en algunos asuntos de gobierno, la mujer en Esparta estuvo equiparada socialmente al hombre. Esa elevada posición no tuvo ningún otro ejemplo en el resto del mundo griego. Ni siquiera en la democrática Atenas, donde la mujer siempre se mantuvo en segundo plano, a la sombra del varón.
Dicen que pudo ser porque los dorios fue la única tribu de la comunidad helena que trajo consigo a sus propias mujeres para asentarse en las regiones conquistadas. Los demás nunca se atrevieron a viajar con ellas, dejándolas atrás en sus patrias de origen, por lo que, como luego hicieron los romanos con las sabinas, se vieron obligados a raptar a las féminas del lugar, que siempre serían consideradas ciudadanas de segunda.
Desde muy jóvenes las muchachas espartanas no sentían pudor al enfrentarse desnudas en la palestra. Por el contrario en Esparta la igualdad de los sexos fue absoluta como lo demuestra el hecho de que sólo los hijos de espartana recibían la titularidad de ciudadanía. Esa equiparación pudo ser fruto de la semimovilización permanente a la que estuvo sometido el varón espartano hasta que cumpliera los sesenta años. Las tareas encomendadas a la mujer de Esparta abarcaban muchos aspectos: se encargaban de gobernar los hogares y administrar las finanzas de la familia, tenían responsabilidad absoluta para educar a sus hijos hasta que cumplieran la edad prescrita para que ingresaran en los cuarteles juveniles y se ocupaban de supervisar el trabajo de sus ilotas. Las niñas espartanas recibían una educación similar a la de los muchachos: además de leer y escribir, aprendían música y danza, y se les incluían el deporte y la gimnasia como disciplina obligatoria. Las competencias deportivas solían ser con frecuencia mixtas y ningún espartano se avergonzó nunca de ser vencido por una mujer en el encuentro. La juventud de Esparta tampoco conocía el pudor porque desde temprana edad los contrincantes contendían desnudos en la palestra.
Las constantes batallas y conflictos internos habían ido desangrando las tropas, reduciendo peligrosamente la población militar que habitaba sus cuarteles. Así, mientras que en el año 490 a. de C. el ejército lacedemonio contaba con 8000 hoplitas, sólo trescientos años después la cifra había disminuido a 700.
Al hablar así de la historia de Esparta podríamos preguntarnos: ¿Fue realmente un pueblo tan violento? Ciertamente Esparta se distinguió por ser una irrefrenable máquina de guerra pero nunca por un carácter sanguinario o cruel. Sucede que los espartanos, tan disciplinados para muchas cosas, nunca se preocuparon por dejar testimonio alguno de sus costumbres y actividades, y las noticias que nos han llegado se deben única y exclusivamente a la afilada pluma de autores e historiadores atenienses.
Hoy podemos afirmar que las tropas espartanas respetaron y observaron siempre las normas que regían las campañas bélicas de la época. Jamás atacaron o asaltaron al enemigo en contra de la voluntad de sus dioses. Como era costumbre, antes de comenzar la lucha, sacrificaban un animal para consultar el deseo divino. Si los signos de la víctima eran de mal agüero, posponían la batalla hasta que éstos les fueran más propicios. Cuenta Tucídides que en la batalla de Platea (479 a. de C.), que enfrentó a Esparta con el ejército persa, ningún hoplita lacedemonio movió un dedo hasta que finalizaron los rituales de sacrificio, a pesar de que las flechas enemigas habían comenzado a causar las primeras bajas en sus filas.
Humilde y desinteresada, Esparta permitió a Atenas llevarse la gloria y los laureles de salvar la Hélade. Preocupada antes porque su régimen militar mantuviera el orden interno del Estado que por dominar los mares, no dispuso de armada, dejando el campo libre para que Atenas acaparara la hegemonía marítima. Unicamente respondió con toda la fuerza de lo que era capaz cuando el mundo griego se vio seriamente amenazado por la invasión del poderoso ejército persa. Fue precisamente en el desfiladero de las Termópilas (480 a. de C.) donde Esparta libró la última pero la más genial de las batallas de su historia. Allí el heroico comportamiento de los 300 hoplitas lacedemonios comandados por su rey Leónidas ha pasado a la historia como ejemplo de lealtad patriótica. Durante dos días el escaso contingente espartano supo mantener en jaque a los temibles arqueros del persa Jerjes, sucumbiendo al fin bajo una densa lluvia de flechas, pero fieles al estribillo que las madres de Esparta cantaban cuando sus hijos iban a la guerra:
"Vuelve con el escudo o encima de él."

Publicado el 07 de Octubre de 2010 , por Jaime González Pastor, 6905 visitas

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Imagen  de Jaime González Pastor

Jaime González Pastor el 07 de Octubre de 2010

Un placer poder compartirlo.

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Nery Guerra Alvarez el 07 de Octubre de 2010

Realmente bueno esto que haz escrito . Me ha hecho recordar algunos hechos que se me habían desdibujado por el paso del tiempo ! Admirable realmente la disposición y la preparación de los habitantes de Esparta para la guerra! Y se me había olvidado el lugar donde tuvo lugar la batalla contra los persas ! Gracias por compartir este artículo !

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