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Alexandrine Tinne, exploradora victoriana de las fuentes del Nilo Recomendar

Imagen  de Manuel Avendaño Gascón

Imagen Alexine Tinne de Manuel Avendaño Gascón

En la mítica búsqueda de las fuentes del Nilo, pocos saben que entre los intrépidos exploradores del siglo XIX se encontraba una mujer. Se trata de Alexandrine Petronella Francina Tinne (Alexine Tinne), nacida en La Haya el 18 de octubre de 1835, hija de un comerciante holandés, que huyó a Inglaterra durante la invasión napoleónica de su país, y de su segunda esposa, la baronesa Henriette van Capellen, hija de un famoso almirante de la Armada neerlandesa. Su padre fallece cuando Alexandrine tenía 10 años corvirtiéndose probablemente en la más rica heredera de los Países Bajos. Recibió una esmerada educación, impartida no sólo en La Haya, sino también en Londres y Paris, capitales éstas donde consiguió un excelente dominio de ambos idiomas. El carácter liberal de su familia la impulsó a viajar a Egipto a la edad de 19 años. Y es aquí cuando se produce un punto de no retorno en su vida. Atraída por las glorias del pasado de Egipto y de Asia Menor, Alexine y su madre, cabalgando durante cinco días a lomos de burro y camello, alcanzan las orillas del Mar Rojo, para proseguir más tarde su viaje a Tierra Santa y a Damasco, con grave riesgo de su vida en aquella época y lugares por su condición femenina.
A sus 22 años Alexine toma la decisión de explorar las míticas fuentes del Nilo. También acompañada de su madre remonta el curso del Nilo hasta Wadi-Haifa en tierras nubias, a escasas millas del templo de Ramsés II. La segunda catarata del Nilo obliga a las expedicionarias a regresar. Tres años más tarde, añadiendo a su equipo a su tía Adriana, Alexine prepara una gran expedición atacando esta vez el Nilo desde el otro lado de la catarata, ya en Sudán. Gracias a la fortuna de su familia, compra un pequeño barco de vapor que remolcará dos botes llenos de provisiones para alimentar a las tres damas, a su servidumbre, a los navegantes árabes, a unos cuantos soldados, a un caballo, a un burro y a cinco perros (que había que desembarcar dos veces al día).
La expedición holandesa se dirigió a un lugar llamado Jabal, de la tribu de los dinkas, donde el río pasa por una región pantanosa, de tierras arcillosas, con canales y lagunas que tienen en su interior unas islas de vegetación flotante, en su mayoría papiros. Pero las provisiones comienzan a escasear y Harriet, la madre de Alexine, regresa en el vapor a Jartum en busca de alimentos frescos. Allí se encuentra con una pareja inglesa, Samuel y Florence Baker, descubridores más tarde del Lago Alberto. Cuando Harriet le cuenta a Samuel Baker sus planes, éste escribe a su hermano en Londres: “Me he enterado de que unas damas holandesas, sin la compañía de caballero alguno, se están desplazando por los territorios de los dinkas. Deben estar locas.”
Loca o no, Harriet consiguió sus alimentos en Jartum y los llevó en el vapor a Jabal, donde la esperaba el resto de la expedición. Reanudan con gran dificultad la navegación aguas arriba del río y se encuentran con feroces mosquitos, causantes de fiebres tropicales. Llegan noticias a los expedicionarios de que los exploradores ingleses Speke y Grant, enviados bajo los auspicios de la Real Sociedad Geográfica al Lago Victoria, se encuentran también el el sur de Sudán pero casi sin alimentos. Alexine decide, con gran generosidad, hacerles llegar comida y medicinas en su vapor. Sin embargo, el cónsul inglés acude rápidamente en auxilio de sus compatriotas, y la expedición holandesa reanuda su viaje en busca de las fuentes del Nilo.
Las damas holandesas llegan a Gondokoro con su vapor, lo que produce gran excitación entre los nativos al atracar en el muelle. Aunque éstos les informan de que es imposible avanzar, Alexine decide seguir adelante río arriba hasta Juba donde se convence de la oportunidad de retirarse. Esta decepción provoca que Alexine caiga enferma y la expedición se detiene durante todo un mes a que se recupere en la tribu de los shilluks. Aprovechan para interrogar a los nativos por las fuentes del Nilo, quienes se ríen contestándoles que no existen. Evidentemente las damas holandesas no les creen y se desplazan a pie por la orilla desde donde descubren una serie de rápidos. El estado precario de la salud de Alexine les devuelve a Jartum un mes más tarde, donde se muestran orgullosas de haber sido las mujeres europeas que más habían avanzado en la búsqueda de las míticas fuentes del Nilo.
Picada por la curiosidad, Alexine decide explorar ahora el interior de África navegando en su vapor hasta Bahr al-Ghazal, el mayor afluente occidental del Nilo, y después viajando por tierra hasta el Lago Chad. Alexine esperaba descubrir también las fuentes de río Congo, objetivo perseguido por los exploradores victorianos, entre ellos el capitán Speke, antes mencionado. Conocedor éste del intento de las damas holandesas, les advirtió del serio peligro del clima en esa zona de África. Sin embargo, Alexine decidió seguir adelante con su proyecto, mientras que Adriana permanece en Jartum. A fin de alcanzar el río Gazelles, navega río arriba casi 500 km hacia Gondokoro. Comenzó la estación de lluvias incesantes, las tiendas su vinieron abajo y los expedicionarios no pueden impedir que sus ropas estén permanentemente empapadas. Los soldados se amotinaron exigiendo exigiendo raciones de comida más abundantes. De nuevo Alexine cae enferma, y su madre, la doncella preferida de su madre y un sirviente fallecen poco después. Alexine sufre con el remordimiento de haber persuadido a su madre de que la acompañara en su expedición africana. Conocedores en La Haya de estas muertes, sus familiares comparten el pesar de Alexine y ésta, avergonzada, decide que no puede regresar a casa. No obstante, su tía Adriana organiza una expedición de rescate que parte de Jartum encontrando a Alexine en Waw. De nuevo la tragedia se ceba en la expedición. Adriana fallece en julio de 1864 como consecuencia de las fiebres.
En Europa las expediciones y hallazgos de Aline empiezan a ser conocidos y admirados, y los periódicos le adjudican epítetos como “joven y bella”, “amazona sin miedo”, “cumplidora indefectible de sus objetivos”, “conocedora de muchas lenguas, entre ellas el árabe”, idioma éste que le sirvió, cuando viajó a Argelia y Túnez, para hablar con ingenuidad de los sufrimientos de los esclavos y eregir, junto a la suya, una casa para los esclavos liberados.
Además Alexine tuvo tiempo e interés en diseñar una bicicleta adecuada para que la mujer victoriana pudiera guardar su modestia. El “London Times” escribió: “La señorita Tinne ha importado al Maghreb un velocípedo último modelo de París, pero al encontrar que no sería útil en las arenas del Sahara, se lo ofreció como presente al Pachá de Trípoli”. Era precisamente el Sáhara el próximo reto que Alexine tenía en mente. Así pues en 1869 determinó convertirse en la primera mujer occidental en atravesarlo. A tal fin, contrató a dos marinos holandeses para que se unieran a la expedición y partiendo de la meseta Tassili-n-Ajjer pusieron rumbo al Lago Chad, donde Alexine ya había estado en un viaje anterior. De ahí continuarían hacia el sultanato de Bornu y atravesando Darfour llegarían al Nilo en Jartum.
Alexine pretendía repetir la ruta seguida dos años antes por el explorador francés Henri Duveyrier, único europeo que convivió por algún tiempo con los tuaregs.
La primera fase de la expedición de Alexine resultó según se había previsto. Su caravana, sin más contratiempos que las inevitables tormentas de arena, alcanzó Marzuq, donde un guía la convenció de que la caravana atravesase el país de los tuaregs para encontrarse con el jefe de éstos, Ichnunchen, en el oasis de Ghat, desde donde proseguirían viaje hasta el Lago Chad.
El 21 de julio la expedición abandonó Marzuq con el guía tuareg. Precavida ante en un viaje por el desierto, Alexine incorporó a la caravana una máquina de hacer hielo (que pretendía entregar al jefe Ichnunchen) y dos tanques de agua transportados por camellos. Desgraciadamente corrió el rumor entre los camelleros de que los tanques estaban llenos de monedas de oro. Cuando estaban abandonando el oasis de Wadi Shergui, 12 jinetes entraron en el campamento diciéndoles que los enviaba el jefe Ichnunchen para conducirlos hasta Ghat. Desaparece el guía tuareg de la expedición y se produce un altercado entre los 12 jinetes y los criados árabes de Alexine. Un marinero holandés trata de restablecer la calma y un tuareg lo atraviesa con su lanza, dirigiéndose a continuación hacia donde estaba Alexine, quien para detenerlos levanta la mano. Un tuareg saca su espada y le corta la mano. A continuación se produce el caos, el otro marinero holandés y los sirvientes árabes tratan de defender a Alexine, y son asesinados por los tuaregs quienes abandonan el campamento dejando que Alexine se desangre hasta su muerte. Tenía 34 años.
El legado de una vida tan intensa quedó reflejado en una serie de dibujos botánicos que fueron publicados como “Plantae Tinneanae”, así como en material relativo al clima, geología y fauna de los territorios que Alexine recorrió, extraído del diario escrito por su madre.
La memoria de Alexandrine Tinne es recordada en un obelisco erigido cerca de Juba en el sur de Sudán mostrando el punto más próximo a las míticas fuentes del Nilo que ella alcanzó.
El explorador y misionero Dr. Livingstone escribió que nadie ha alcanzado mayor altura en mi consideración que la dama holandesa, señorita Tinne quien, tras durísimas adversidades familiares, perseveró con nobleza en sus más exigentes retos.

Publicado el 20 de Marzo de 2010 , por Manuel Avendaño Gascón, 4571 visitas

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