La Inmaculada Concepción fue realizada por Tiépolo por encargo del monarca Carlos III. La obra tenía como destino uno de los altares laterales de la Iglesia del convento de San Pascual en Aranjuez.
El encargo constaba de siete lienzos, en cuya realización el maestro veneciano tardó dos años y medio.
Acompañando al lienzo principal de La Inmaculada, Tiépolo realizó las pinturas de San Pascual Bailón y San Antonio de Padua.
En la parte superior del cuadro se representa la paloma del Espíritu Santo, y bajo ella, en el centro, aparece la majestuosa figura de la Virgen María.
La Inmaculada es representada en su característica postura, con los brazos en el punto opuesto al rostro, con la corona de las doce estrellas, sobre la bola del mundo y pisando la serpiente que simboliza el mal. A su alrededor aparecen ángeles y querubines, uno de ellos con la vara de lirios que simboliza la pureza.
En lo que difiere claramente La Inmaculada de Tiépolo de las clásicas de Murillo o Zurbarán, es en la propia actitud de la Virgen. A diferencia de las infantiles, humildes y delicadas figuras de los maestros españoles, el rostro de María parece tener un cierto gesto de arrogancia.
El artista veneciano realiza un perfecto estudio de la luz, aplicando una tonalidad sepia que inunda el cuadro para dar la sensación de sobrenaturalidad. Además, su dibujo es perfecto y su pincelada segura y contundente, algo que se repite en todo el Barroco italiano de fines del siglo XVIII.
 
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