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La Libertad guiando al pueblo es un óleo sobre lienzo realizado por Eugène Delacroix en 1830 y conservado en el Museo del Louvre de París.
El tema de la obra es la insurrección parisina que tuvo lugar los días 27, 28 y 29 de julio de 1830, denominadas «las Tres jornadas gloriosas». Este episodio será el protagonista del cuadro más famoso de Delacroix, una obra que aun relatando un episodio contemporáneo es una verdadera alegoría.
Con esta obra, Delacroix pone de manifiesto su ideología a favor de la revolución y su faceta de “pintor de su tiempo”.
La mujer que representa a la Libertad aparece con el torso desnudo, para algunos autores la imagen se inspiraría en la Venus de Milo y para otros en la Victoria Samotracia. Porta en su mano derecha dos símbolos de la revolución: la bandera tricolor y en la izquierda un rifle.
Le acompañan miembros de las diferentes clases sociales - un obrero con una espada, un burgués con sombrero de copa portando una escopeta, un adolescente con dos pistolas, etc. - para manifestar que en el proceso revolucionario ha existido amplia participación. A los pies de la Libertad, un moribundo la mira fijamente para señalar que ha merecido la pena luchar.
En segundo plano, a la derecha del espectador, encontramos Notre-Dame de París, en una de cuyas torres ondea la bandera revolucionaria, quizás para afirmar el sometimiento de la iglesia, que había sido uno de los apoyos de la restauración borbónica.
La composición se inscribe en una pirámide cuya base son los cadáveres que han caído en la lucha contra la tiranía, cadáveres iluminados para acentuar su importancia. La vorágine de la batalla se manifiesta en la polvareda que difumina los contornos e impide contemplar con claridad el grupo de figuras que se sitúa tras la Libertad.
La luz del cuadro es irreal, pues es una luz dramática y compleja, con zonas iluminadas y otras en penumbra, pero cuyo origen no se vislumbra. Las figuras del primer plano aparecen iluminadas por un foco lateral, pero a su vez se recortan a contraluz sobre un fondo encendido, humeante y nuboso, que dota de más inquietud a la composición.
En este caso la luz y el color tienen un objetivo en común: potenciar el movimiento.
La obra está impregnada de movimiento no solo por los gestos dramáticos de los personajes, y por la composición en diagonales, sino porque los del primer plano avanzan sobre la quietud de los muertos que se encuentran en la base de la composición y todas las formas muestran ondulaciones que ponen de manifiesto la admiración del autor por Rubens.
 
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