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Esta pieza pertenece a la serie de Peine del viento, cuya culminación es el Peine IV que está ubicado en San Sebastián.
Chillida comienza a elaborar esta serie en los años 50’s, pero no la terminará hasta los 90’s, de lo que podemos deducir su enorme implicación con esta obra, compuesta por 23 trabajos.
Esta obra poco tiene que ver con las posteriores, especialmente la de la playa de Ondarreta en San Sebastián, ya explicada en SigoJoven.
En ésta, las lÃneas son rÃgidas y racionales, tremendamente estáticas. Importa la monumentalidad y el volumen de la figura, pero no la integración con el espacio, como se hará en las posteriores.
AquÃ, los ángulos y los planos se asientan en dos puntos de apoyo lo que da una absoluta rigidez a la estructura y se convierte en una pieza dura y tosca debido al uso del hierro.
En realidad, esta pieza, poco tiene que ver con los posteriores “Peines del vientoâ€. Será en este momento cuando Chillida esté realizando las Puertas del Monasterio de Aranzazu, una de sus piezas más comprometidas y más fastuosas, que marcarán un hito en su carrera y en la renovación escultórica que lleva a cabo durante los años 50, de la cual es un ferviente percusor, a la vez que Oteiza. Será en las Puertas de Aranzazu cuando se convierta en un personaje fundamental en la historia del arte español contemporáneo.
La suntuosidad de la pieza elaborada para el monasterio, concebida como una auténtica mole arraigada con el lugar donde se inspira, está relacionada con este “Peine del Vientoâ€. Si bien, luego, cambiará hacia formas menos corpóreas y más integradas en los espacios en los que es ubican.
No será hasta el IV Peine cuando se asienten las bases por las que ahora conocemos los Peines del Viento de Chillida, con la estructura arbórea.
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