Conoce a más de 60.000 personas con quien compartir tus intereses. ¡Apúntate gratis!
Visita los grandes museos del mundo y disfruta de sus mejores obras de arte, exposiciones y galerías. Junio lo dedicamos al Museo d'Orsay de París
El Museo de Arte Moderno de Nueva York, o más comúnmente conocido como MoMA, nació en 1929 y es de visita obligada en la ‘Gran Manzana’. Su creación se forjó gracias a la alta y rica aristocracia neoyorquina que suspiraba por contar con un espacio expreso sobre arte moderno.
Así comenzó la vida de esta importante galería, que por aquellos tiempos contaba únicamente con una planta del edificio Heckscher y reunía obras de arte consagradas pero lo más destacado que ofrecía era sobretodo, el dar cabida a artistas del momento que no gozaban aún de reconocimiento.
Debido a esta política más de centro o local de arte que de museo, el MoMA se fue haciendo con algunas de las obras más importantes de la historia del arte, muchísimo antes de que cualquier persona u otros museos del mundo se hubieran fijado en ellas.
De esta manera, la colección de obras del MoMa se incrementa tanto y de artistas de un prestigio tan sumamente importante, que a partir de 1950 comenzó a marcar tendencia, convirtiendo a Nueva York en el centro y nueva capital mundial del arte.
Ya se decía que todo lo que el MoMA compraba significaba calidad, así que si el Museo te tocaba, el lanzamiento a la fama como artista vendría de inmediato.
La colección permanente del MoMA abarca más de 100.000 pinturas, dibujos, esculturas, fotografías, grabados, objetos de diseño, maquetas y planos arquitectónicos.
Respecto a la importancia e historia que posee en pintura y escultura, su colección parte desde la época del postimpresionismo, con magníficas obras de Toulouse-Lautrec, Gauguin, Seurat, Van Gogh, etc., hasta el momento actual.
 
De la pintura y las vanguardias hasta los años 50, el MoMA cuenta, por no decirlo, con una de las mejores colecciones del mundo. Entre sus paredes podemos contemplar las excelentes obras de todos los pintores de este período de la historia, desde Kandinsky hasta Klimt, o desde Mondrian hasta Léger, no falta ninguno.
A modo de ejemplo, hasta el Guernica de Picasso estaba en el MoMA antes de ser trasladado finalmente al Reina Sofía.
En las últimas décadas, el MoMA está siendo uno de los principales promotores de arte, contando con todo tipo de estilos y tendencias, tales como el expresionismo abstracto o el pop art.
A día de hoy, el MoMA sigue ampliando e incorporando obras a sus colecciones, siendo un referente a nivel mundial.
Consulta las obras del Museo de Arte Moderno de Nueva York - MoMA o visita nuestra agenda de arte y exposiciones.
 
 
Más información sobre el Museo de Arte Moderno de Nueva York - MoMA en su página oficial.
Pablo Picasso abandonó con el cuadro de las señoritas de Avignon, los temas más sensibleros de sus épocas azul y rosa a finales de 1906. Buscó entonces la justificación 'ancestral', inspirándose en la pintura romántica (tan abundante en Cataluña) y en la escultura ibérica.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Hay que decir que ambas manifestaciones del remoto pasado artístico español le daban una coartada a Picasso para ser un pintor moderno sin dejar de ser fiel a su origen nacional. Pero eso no basta para explicar la violencia innovadora de las Señoritas de Aviñón.
Parece que el tema de la obra surgió como una especie de homenaje a Casagemas, un amigo de Picasso que se había suicidado por amor hacía unos años: en efecto, algunos bocetos preparatorios nos muestran a un joven, con una calavera en la mano, penetrando en una habitación donde había varias mujeres desnudas. Era un Memento mori, una evocación de la muerte en lugar del placer.
Todas las implicaciones moralizantes desaparecieron en la obra final, donde hay solamente cinco mujeres en posturas insinuantes (se supone que estarían en un prostíbulo de la barcelonesa calle de Avinyó).
El hipotético actor masculino es ahora el espectador. Como una especie de punto intermedio entre el interior y el exterior, en la parte más baja del cuadro, hay un frutote. Todo está violentamente geometrizado, a base de triángulos, con agudos esquivamientos, y no es fácil determinar en todos los casos los límites entre el fondo y la figura.
Una cierta diferencia de estilo entre las dos mujeres centrales (más clásicas), y las otras tres, a derecha e izquierda (más violentas), ha hecho pensar en la influencia combinada de arte ibérico y de las máscaras africanas.
Con este trabajo, tan alejado de la tradición occidental. Picasso sentaba las bases de una pintura completamente nueva: el cuadro se regía por leyes que nada tenían ya que ver con las de la perspectiva renacentista.
 
 
Consulta más obras del MoMA o visita nuestra agenda de arte y exposiciones.
Andy Warhol está considerado el artista más provocador del siglo XX. Más que Duchamp, más que Dalí, más que Basquiat. Ningún otro intrigó tanto a los críticos y sedujo tanto a la opinión pública.
Las obras de Warhol son, aún hoy, un motivo de agrias discusiones. No faltan los que se resisten a considerarlo un artista. Para muchos sólo es un personaje, un mercader que hacía cuadros, pero no obras de arte. Pero muchos otros lo consideran un genio, una auténtica revolución del arte. Según estos últimos Warhol es, junto con Picasso y Dalí, el trío de genios indiscutibles del siglo XX.
¿A qué se deben opiniones tan alejadas? ¿Cuál es el motivo por el que unos lo adoran y otros tantos lo odian?.
Sopa Campbell
Cuando Andy Warhol presentó este cuadro en la Ferus Gallery de Los Ángeles de 1962, los críticos de arte pensaban que era una broma.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Le preguntaron al marchante, pero éste no supo responderles. Para muchos estaba claro: es una broma o un truco publicitario de los de Campbell, que le han pagado a Warhol para que pinte sopa. Con este cuadro, el artista y su sopa regeneraron, y con bastante ingenio, el género de la naturaleza muerta.
En este género, los objetos respondían a una clase social determinada, representando el lujo aristocrático burgués o la austeridad y espiritualidad del ámbito monacal.
Más adelante, también hubo naturalezas más simples, más humildes, pero igualmente bellas. En los años 60 el bodegón era un recuerdo del pasado. Así, Warhol recupera este género con un tratamiento muy original, en vez de frutas o magníficos despliegues de alimentos, pintó sopa; un alimento típico de la época en que se encontraba, enlatado y listo para comer. En Treinta y dos latas, por ejemplo, hace un claro guiño a los escaparates barrocos.
 
 
 
Marilyn Monroe
Andy Warhol dedicó muchas obras a Marilyn Monroe después de su trágica desaparición, pero no pensando en ella como un sex-symbol, sino formando parte de un ciclo sobre la muerte.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Este es el inicio de la serie de Warhol, Muertes y Desastres. Aún hoy hay que admirar la genialidad de Warhol: junto a los cuadros de sillas eléctricas y suicidas, incluyó más de cincuenta retratos de Monroe. Un tratamiento de la muerte insólito y descarado.
El retrato siempre fue uno de los géneros favoritos de Warhol, y uno de los que más éxito le dio. Funcionó especialmente bien con el mundo cinematográfico, algo que no deja de ser paradójico. Personas que vivían de que se las retratara delante de una cámara se convertían en verdaderos mitos cuando Warhol las plasmaba en el lienzo. Y más curioso aún: hacía los retratos a partir de fotografías.
 
 
Consulta más obras del MoMA o visita nuestra agenda de arte y exposiciones.
Dalí convirtió los factores del absurdo y la locura simulada en un principio, más que cualquier otro surrealista.
La técnica de Dalí era brillante, propia de un clásico, correcta hasta la pedantería. Lo desagradable y obsceno, lo satánico y monstruoso se presentaban en una forma teatral. Sin embargo, usó el detalle naturalista para transmitir contenidos de una naturaleza monstruosa y antinatural.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
La esencia de su arte, que Dalí denominó “paranoico-crítico”, era una exageración alucinatoria. No obstante, el arte de Dalí despliega claramente una gran cantidad de referencias y alusiones históricas, sobre todo a la pintura manierista, y finalmente, también fue incapaz de evitar la ineludible trasformación de un anti-arte en una forma de arte “positiva”, por así decirlo.
En La persistencia de la Memoria juega con el contraste entre lo duro y lo blando, incluyendo un variadísimo repertorio de símbolos psicoanalíticos.
También aparecen interesantes objetos “de funcionamiento simbólico”. Con el método paranoico- crítico, lo que hacía, en la práctica, era que una representación contuviese también otra completamente diferente.
Lo que la cámara de cine podía mostrar con el movimiento y el tiempo, aparecía en el espacio del cuadro de modo simultáneo. Esto aparece en su artículo “el asno podrido”, en él se refería a ello diciendo: “La obtención de una tal imagen doble ha sido posible gracias a la violencia del pensamiento paranoico que se ha servido con astucia y habilidad de la cantidad necesaria de pretextos, coincidencias, etc… aprovechando para hacer aparecer la segunda imagen que, en este caso, ocupa el lugar de la idea obsesiva”.
El óleo de La persistencia de la memoria, de dimensiones 24x33 cm. fue comenzado a pintar por Dalí en el taller de Portlligat en Cadaqués, cuando sólo tenía 27 años y en plena época surrealista.
En la primera etapa del trabajo, Dalí encuadra el escenario de la obra, es decir, las rocas del litoral del Cap de Creus, la playa, el mar o el cielo, junto a otros elementos de la pintura como sería la forma adormida localizada en el centro del cuadro y que podría ser un autorretrato del propio artista.
En el año 1931, Dalí y Gala viajan a París junto con el cuadro, aún inacabado para no retornar ya nunca más.
La obra se finalizó en la capital francesa un día en el que el pintor, como el propio Dalí explicó, se había citado con unos amigos para ir a ver una película al cine.
Pero el pintor se sintió cansado esa tarde y prefirió quedarse en casa descansando, mientras que su mujer salía con sus amigos. Cuando Gala volvió, Dalí había acabado el cuadro, gracias a una lucidez e inspiración producida, según sus propias palabras, por la visión de “dos relojes blandos, uno de los cuales colgaba lastimosamente de una rama de olivo”.
Al volver Gala, Dalí le mostró la obra concluida y le preguntó si con el paso de los años podría olvidar aquella imagen. " Nadie la podrá olvidar nunca una vez vista", fue la respuesta de la esposa.
 
 
Consulta más obras del MoMA o visita nuestra agenda de arte y exposiciones.
Vincent van Gogh ha pasado a la historia y a la leyenda como arquetipo del artista aislado e incomprendido. Pero la obra fulgurante de van Gogh en sus últimos años, aunque creada esencialmente en soledad, arranca del contacto con otros pintores en París desde 1886.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Allí aprendió las técnicas impresionistas y entabló amistad con Émile Bernard, Gauguin, Toulouse-Lautrec, Paul Gauguin o Paul Signac, entre otros.
Cuando se trasladó a vivir a Arlés en 1888, había asimilado estas influencias, integrándolas en un estilo personal, que después de su muerte se convirtió en estímulo para los pintores fauves y expresionistas.
Van Gogh se resistía a pintar composiciones de tema cristiano de su propia invención: pero no renunció a copiar cuadros religiosos de Rembrandt o Delacroix, ni a introducir un simbolismo místico latente en sus retratos y paisajes.
El tema de la noche estrellada le sirvió en este sentido. Ante todo, era un desafío a toda concepción estrictamente óptica y naturalista de la pintura; pues la oscuridad de la noche roza los límites de lo representable.
Además, el nocturno podía expresar la superación del tiempo y el anhelo de eternidad. Van Gogh creía que la muerte podía ser sólo el umbral de otra vida, el comienzo de un viaje a las estrellas, donde se continuaría la existencia en un nivel superior (en sus cartas compara el cielo estrellado con un mapa con las ciudades a las que uno puede dirigirse).
Este paisaje, pintado desde su propia ventana en el asilo psiquiátrico de Saint-Rémy, Francia, en junio de 1889, justo 13 meses antes de su suicidio, es una imagen de la muerte, pero no un memento mori pavoroso ni un Apocalipsis donde el cielo se viene abajo, como a veces se ha interpretado.
Van Gogh no quería pintar la noche en blanco y negro, como ausencia de color, sino con colores más intensos y exaltados que el día, entre los que predominan el verde y el azul. Con tales colores pretendía conjurar el terror y ofrecer una imagen embellecida, eufemística, de la muerte como promesa de paz y vida eterna.
 
Consulta más obras del MoMA o visita nuestra agenda de arte y exposiciones.