_Hay que volver atrás, hacia la derecha, y así encontraremos tierra firme- dijo
el marino.
Retrocedieron, siguiendo la parte opuesta del aquel promontorio, por un
lugar arenoso y lleno de guijarros. Siguiendo en aquella dirección, sin
embargo, se alejaba del sitio de la costa donde había desaparecido el
ingeniero. Después de andar una milla y media, el litoral no presentaba otra
curva que permitiese volver hacia el norte. Sin embargo, era lógico que aquel
promontorio, del cual había doblado la punta, se uniese con la tierra franca,
y los naúfragos, a pesar de que sus fuerzas estaban casi agotadas
marchaban con valor, esperando ver en cualquier momento un ángulo brusco
que les permitiera regresar hacia el punto deseado.
¡ Su deseperación fue grande cuando, después de haber caminado unas dos
millas, se vieron otra vez detenidos por el mar en una punta bastante alta,
formada por rocas resbaladizas !
- ¡ Estamos en un islote ! - se quejó pencroff -. Y lo hemos recorrido de parte
a parte.
La observación era exacta. los náufragos habían caído, no en un continente,
ni siquiera en una isla, sino un islote que no medía más de dos millas de
largo y cuya anchura evidentemente era poco considerable.
No obstante,Pencroff, que como buen marino estaba, acostumbrado a ver
oscuridad, creyó distinguir por un momento en el Oeste masas confusas que
parecían una costa elevada.
No tenían más remedio que aplazar hasta el día siguiente la búsqueda del
ingeniero que,por otra parte,no había dado señales de su presencia con
ningún grito, ni tampoco Top ladrando.

Sin pronunciar palabra, Ciro Smith, Gedeón Ssplett, Nab y Harbert entraron
en la barquilla, mientras Pencroff, obedeciendo las órdenes del ingeniero,
desataba silenciosamente los saquitos de lastre.
El globo ya sólo quedaba retenido por el cable y Ciro Smith no tenía más que
dar la orden de partida.
En aquel momento, un perro se metió de un salto en la barquilla. Era Top, el
perro del ingeniero, que una vez rota su cadena, había seguido a su dueño.
A continuación Pencroff desamarró el cable y el globo, partiendo en
dirección oblica, desaparecio en el cielo, después de chocar la barquilla con
dos chimeneas, que derribó con el golpe.
El huracán había adquirido entonces una espantosa violencia. Durante la
noche, el ingeniero no pudo pensar en descender y cuando llegó el día la
vista de la tierra estaba interceptada por las brumas. Sólo después de cinco
días se diciparon algún tanto y aquel claro dejó ver un vasto océano debajo
del globo, al que el viento arrastraba con una rapidez de vértigo.
El ingeniero había sido arrebatado por un golpe de mar y su perro había
desaparecido con él. El fiel animal se había precipitado en socorro de su
amo.
_ ¡ Adelante ! -exclamó el corresponsal.
Y los cuatro, olvidando cansancio y fatigas,comenzaron a buscarlo.
El pobre Nab lloraba de rabia y desesperación, pensando que había perdido
al ser que más quería en el mundo.
No había transcurrido más de dos minutos en el momento en que Ciro
Smith había desaparecido y aquel en el que sus compañeros había tomado
tierra. Esperaban, pues, llegar a salvarle pronto.
-¡ Busquemos, busquemos !- gritaba Nab.
- Sí, Nab- respondió Gedeón Spilett-, y le encontraremos.
-¿ Sabes nadar ? -inquirió Pencroff.
- Sí - afirmó Nab-, y además, top está con él.
El ingeniero había desaparecido hacia el norte de la costa, a media milla
aproximadamente del sitio donde los náufragos acababan de tomar tierra.
Era cerca de la seis de la tarde. La bruma volvía a levantarse y la noche se
echaba encima. Los naúfragos marchaban siguiendo la costa oriental de
aquella tierra desconocida.
De vez en cuando se detenían llamando co fuerza y escuchando por si
respondía algún grito del lado del mar. Pero nada se oía salvo los rugidos de
las olas y los chasquidos de la resaca, y la expedición seguía su marcha,
registrando los menores detalles del litoral.
Después de veinte minutos de marcha se encontraron súbitamente detenido por el mar. Allí faltaba terreno sólido y se hallaron en el extremo de un resalte, azotado con furor por el mar.

-¿Cuando? -contestó vivamente el ingeniero, y esta respuesta se le escapó sin querer, pues aún no había examinado al desconocido que le había abordado.
Pero después de catalogar con la mirada penetrante la leal figura del marino. No dudó de que se hallaba en presencia de un hombre honrrado.
-¿ Quién es usted ?--preguntó con voz breve.
Pencroff se dio a conocer.
-¿ Y qué medio me propone usted para la fuga ?
-Por medio del globo que parece nos está esprando...
-No estoy solo- precisó Ciro Smith.
-¿ Cuántas personas quieres usted llevar ?- preguntó el marino.
-Dos más: mi amigo Spilett y mi criado.
-Con Herber y yo haremos cinco. El globo debía llevar seis.
-Bien ¡ Adelante ! - concluyó Ciro Smith.
Cuando el proyecto fue comunicado a Spilett éste lo aprobó sin reservas.
Aquella noche era muy oscura. Espesas brumas rasaban el suelo y un aguanieve caía sin cesar sobre Richmond. Las calles de la ciudad estaban desiertas. Con aquel horrible tiempo no se creía necesario vigilar la plaza en la que se agitaba el globo.
- ¡ Maldita marea ! - dijo pencroff, calándose de un manotazo el sombrero que el viento diputaba a su cabeza -. Pero, ¡ bah ! Ya lo dominaremos, de todos modos.
A las nueve y media, Ciro y sus compañeros llegaron por distintos caminos a la plaza, sumida en profunda oscuridad, pues el viento había apagado los faroles de gas. Ni aun se veía el enorme globo, casi tendido en el suelo. Aparte de los sacos del lastre que colgaban de las cuerdas de la red, la barquilla estaba sujesta por un cable al suelo.
Los cinco compañeros se reunieron cerca de la barquilla.
Nadie les habías visto y tal era la oscuridad que ni ellos mismos se veían.

Pasaron los días 18 y 19 de marzo sin que hubiera ningún cambio en la
tempestad y se luchó con dificultades enormes para conservar el globo atado a
la tierra, pues una continuas ráfagas de vientos amenazaban con derribarlo al
suelo. Transcurrió la noche de del 19 y 20, aquella mañana el huracán
arreció de tal modo, que la partida volvió a aplazarse.
Aquel día, en una de las calles de Richmond, un desconocido se acercó al
ingeniero Ciro Smith. Era un marino llamado pencroff, de unos treinta y pico
de años, de cuerpo vigoroso,rostro curtido y ojos vivos y parpadeantes, pero
de aspecto agradable.
Este pencroff era un norteamericano que había recorrido todos los mares del
Globo; era de carácter emprendedor, capaz de cualquier cosa, y que no se
asombraba de nada. A principios de aquel año había ido a Richmond por
asuntos particulares con un joven de quince años llamado Harbert brown, de
Nueva Jersey, hijo de su capitán, huérfano.a quien quéria como a un hijo. No
habiendo podido salir de la ciudad al quedar ésta sitiada, se encontró
atrapado muy a su pesar y no pensaba en otra casa que en evadirse. Sabía
de la reputación del ingeniero y con cuánta impaciencia esperaba lo mismo
que él deseaba. No vaciló, pues, en acercarse a él y decirle:
-Señor Smith, ¿ quiere usted escapar ?

Los dos americanos estaban dispuestos a aprovechar cualquier ocación; pero auque les dejaban circular libremente por la población, Richmond estaba muy vigilada y la evación resultaba imposible.
En esta circunstancias, acompañaba a Ciro Smith un criado, que era la personificación de la fidelidad y la abnegación: un negro nacido en los dominios del ingeniero, de padres esclavo, pero emancipado desde mucho tiempo por Ciro Smith, abolicionista de ideas y de corazón. El esclavo, libre ya, no quiso separarse de su amo. Le queria tanto que gustosamente hubiera dado su vida por él. Era un muchachote de treinta años , fuerte, ágil, inteligente, cariñoso y tranquilo, a veces cándido, sonriente siempre y servicial. Se llamaba Nabucodonosor,pero todos le llamaban familiarmente Nab.
A fuerza de astucia y destreza, y después de arriesgar repetidas veces su vida, Nab consiguió penetrar en la ciudad sitiada, después de enterarse de que su dueño había caído prisionero.
Entretanto, el sitio proseguía y los prisioneros tenían prisa por fugarse para ir a reunirse con el ejército de grant, algunos sitiados no tenían menores deseos de escaparse para reunirse con el ejército separatista, y entre ellos había un tal Jonathan Forster, furimundo sudista. El gobernador de Richmond hacía tiempo que no podía comunicarse con el general
Lee y era urgente que le mandaran socorros. Entonces foster tuvo la idea de elevarse en globo al fin de atravesar las líneas enemigas y llegar hasta el campamento de los secesionistas.
El gobernador aprobó el intento. Se fabricó un aeróstato que se puso a disposición de forster, al que debía acompañar cinco compañeros suyos, provistos de armas para el caso de que fueran atacados al aterrizar, y de víveres para el caso de que la expedición se prolongara.
La partida se fijó para el día 18 de marzo. Se haría de noche y, con un viento del Nordeste de mediana fuerza, los aeronautas creían poder llegar en algunas horas al cuartel general de Lee.
Pero aquel viento del nordeste empezó a soplar con tal fuerza aquel dia 18 que amenasó con convertirse en un huracán. En efecto, fue tal la borrasca que la partida de Forster se aplazó ya que era inútil ariesgar el aparato.
El globo hinchado en la plaza mayor de Richmond, estaba dispuesto a elevarse en cuanto se calmara un poco el viento.

CUANDO NOS ELEVAMOS A LAS NUVES Y CRUZAMOS LA MAR SENTIMOS EN NUESTRO CORAZON UN TRISTE PESAR, NUESTROS OJOS SE HUMEDECEN COMENSAMOS A LLORAR ES QUE DEJAMOS TODA UNA VIDA CON ILUCION DE VOLVERLA A BUSCAR , NOS LLEVAMOS LOS RECUERDOS ELLOS NOS ACOMPAÑARAN CUANDO ESTEMOS TRISTE Y SOLO Y QUERRAMOS REGRESAR.
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